Es cierto. Sabemos que no somos más que el cordón más fino del continente, que somos puro mar, y que las monumentalidades que se encuentran en América pertenecen sólo a países como Perú o México (las que “pierden” todo su valor al ser comparadas con aquellas maravillas del hombre antiguo de Europa). Lo sabemos. Pero nosotros, los arqueólogos, sabemos que más allá de las grandes estructuras arquitectónicas hay una realidad mucho más profunda, y que conviene desentrañar.
La arqueología, en el contexto específico de Chile, nuestro país, pareciera ser labor de unos cuantos investigadores que sólo pueden acceder a una materialidad que no es tan espectacular. Sin embargo, no podemos desestimar la importancia de los contextos arqueológicos en cada zona del país, cada cual con características tan particulares que las hacen ya en sí una poderosa vertiente del saber fundamental para el desarrollo científico de la discplina. Además, nuestro país, al igual que muchos otros países latinoamericanos, goza de una inacabable fuente de conocimiento que va más allá de la información del dato: la existencia de una gran cantidad de grupos indígenas que sigue habitando el espacio de sus ancestros, junto a la enraizada lucha colonial permiten generar nuevas formas de conocimiento a través de la información etnográfica, pero también manifiesta de forma latente conflictos políticos, económicos y sociales que exponen las venas abiertas de nuestro continente.
Así, las condiciones de Chile no pueden pasar desapercibidas; el papel que puede contribuir al desarrollo de la Arqueología tiene un gran potencial basado en la preservación de los bienes patrimoniales, la vinculación a comunidades, así como la valorización de una disciplina que aún continúa siendo bastante elitizada. Sobre esto es que nos referiremos a continuación.
En primer lugar, el tema del patrimonio es aún discutido no sólo en esta zona, sino que en contexto global. El posmodernismo impuso una subjetividad por sobre el discurso hegemónico, llegando a la conclusión de que patrimonio somos todos. Pero no podemos tener una ley que nos defina a todos como elementos únicamente pertencientes al Estado y la nación. Esta discusión se hace evidente al observar las falencias de la ley de zonas típicas, por ejemplo, y la situación del terremoto; aquí, la legislación impide efectuar cualquier cambio estructural a una vivienda por el hecho de pertenecerle al patrimonio chileno. El patrimonio no debe entenderse, como había dicho anteriormente, como una forma de fijar la cultura, sino que, por el contrario, uno de los papeles que ha de cumplir la arqueología es el de la puesta en valor de un conocimiento útil para la sociedad.
Sobre esto, otro punto a recalcar tiene relación con la vinculación de la arqueología al trabajo con comunidades. Es en este sentido que el aporte que puede hacer Chile descansa sobre los diversos contextos que se presentan en el territorio; la conformación de comunidades con lógicas tan diversas ha generado la necesidad de abordar esta problemática no desde una perspectiva única, sino más bien desde la mirada de varios lentes. Ahora bien, el problema de ninguna forma ha sido resuelto, ya que los actores involucrados no se concentran sólo en el mundo arqueológico; tanto el ámbito privado como el público se encuentran en esta disputa.
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| Cuando hablamos de arqueología no sólo hablamos del pasado, sino de nuestro presente y su futuro. |
Además, destacamos que la labor de la disciplina se encuentra sesgada además por varios elementos propios del trabajo arqueológico aquí en Chile, uno hace referencia a los mecanismos de selección de los trabajos que se realizan en el país: los proyectos FONDECYT*, por una parte, si bien otorgan recursos al desarrollo científico, permiten de forma bastante estrecha la acción de los investigadores en el contexto de las comunidades; siendo de esta forma la “pata coja” que podemos observar usualmente en los proyectos de esta naturaleza. Si bien existe el FONDART** para investigaciones con un énfasis en el desarrollo de este ámbito, no nos parece conveniente crear la separación entre ciencia-cultura de tal modo que la primera no pueda integrarse en un trabajo en conjunto con la segunda - cabe destacar que esta diferenciación Haber la señala como una concepción puramente occidental-.
En segundo lugar, los EIA (estudios de impacto ambiental), tan populares en los últimos años, han formado parte de una de las área con mayor demanda laboral. Si esto es así, no podemos desconocer el papel que estos trabajos están tomando en el desarrollo de la arqueología chilena. Este es también un aspecto que difícilmente se ha abordado en los debates, al no considerar nunca que la arqueología es también un trabajo. Sobre esto, es hora de “des-elitizar” a la arqueología; no podemos pensar que los arqueólogos con concientes y críticos tienen que ser sólo aquellos que puedan sustentarse independientemente del campo arqueológico, o que deban esperar años para poder ganar proyectos FONDECYT producto de que son los investigadores consagrados los que en su mayoría ganan cada año los recursos para sus proyectos. El trabajo en arqueología existe, y el impacto ambiental es una de las fuentes laborales más prósperas. Sin hacerle barra a ninguna de las dos posturas, consideramos que, ya que el trabajo se está haciendo, inevitablemente, y lo importante ahora es hacer bien dicho trabajo. *Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, programa orientado a estimular y promover el desarrollo de la investigación científica del país.
**Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, proyectos orientados a la investigación, creación, producción y difusión artística de capital humano, patrimonio cultural e inmaterial, entre otros.
**Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, proyectos orientados a la investigación, creación, producción y difusión artística de capital humano, patrimonio cultural e inmaterial, entre otros.









